Una leyenda de La Palma: El reloj endemoniado

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Una leyenda de La Palma:
El reloj endemoniado

Belén Lorenzo Francisco

Cuenta una antigua tradición del pago de La Galga, en Puntallana, que en la víspera del día de San Bartolomé, el 23 de agosto, el diablo o perro maldito anda suelto, y que no se puede mencionar su nombre, porque entonces aparece. El encargado de dominar y amarrar al demonio es San Bartolo, invocado por los vecinos de La Galga con la conocida jaculatoria: “San Bartolomé bendito, amarra al perro maldito”.

Otra de las creencias vinculadas a ese día es la que prohíbe trabajar en los campos y montes durante tal fecha, pero es sabido que no todo el mundo atiende a los consejos. A finales del siglo XVIII, un atrevido campesino desoyó tales leyendas. Vivía en las inmediaciones del pósito de La Galga, edificio del que hoy pervive un lienzo de pared integrado en el conocido restaurante “Casa Asterio”.

Nuestro protagonista, necesitando leña de manera urgente, partió desde su casa y se dirigió al monte a recogerla a pesar de ser 23 de agosto. Terminada la faena, se encontraba descansando a la sombra de un pino, cuando advirtió que una figura foránea avanzaba por el sendero. Al llegar a su altura, comprobó que se trataba de un anciano de aspecto robusto, curtido por la intemperie. Iba vestido de negro, con casaca, chorrera de encaje, cinturón ancho y alfanje, y un sombrero de copa alta. No se encontraba solo, pues lo acompañaba un perro de aspecto fiero.

- Ilustración de Horacio Concepción

– Ilustración de Horacio Concepción

Aquel misterioso personaje le contó que se dirigía a Los Sauces desde la ciudad, y que se había extraviado buscando la fuente de El Pino para calmar su sed y la de su perro. El campesino, después de darle las indicaciones necesarias para retomar su trayecto, le convidó a refrescarse bebiendo del vino que había traído. Como agradecimiento, aquel anciano le regaló un hermoso reloj de bolsillo, tan extraño y valioso que solo podía pertenecer a alguien de la alta sociedad. Antes de partir, le hizo una única advertencia.

El mecanismo de aquel reloj funcionaba en dos direcciones, pero jamás debía hacerlo girar en sentido contrario al de sus agujas, porque ellas controlaban el paso de las horas del día y el de las estaciones del año. Si alguna vez se le ocurría comprobar el poder de su reloj, correría el riesgo de perderse en el tiempo.

En cuanto el joven se quedó a solas, muerto de curiosidad y convencido de que todo eran charlatanerías del anciano, dio cuerda al mecanismo del reloj al contrario del sentido de sus agujas. De manera inmediata, su entorno se transformó. El suelo se cubrió de raíces y nacieron infinidad de ramas que apenas dejaban ver los rayos del sol poniente. Unos ruidos ensordecedores retumbaron en sus tímpanos, similares al sonido de los truenos lejanos, y un profundo sueño se apoderó de él. Cuando logró despertar, lo primero que vieron sus ojos fue una larga maraña de pelo blanco.

Sus cabellos y su barba habían crecido de manera incontrolada mientras dormía y habían perdido todo su color. Entonces buscó el feje de leña que había hecho antes de su conversación con el anciano, pero no lo encontró. En su lugar, solo se veían los restos de una vieja soga. Con cierto trabajo logró incorporarse, y se dio cuenta de que sufría una cojera que jamás había padecido.

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Decidido a regresar, emprendió el camino de vuelta a su casa. Una turba de chiquillos salió a su encuentro, burlándose de él y señalando su enorme barba blanca. Los perros ladraban a su paso, y no encontraba ningún rostro conocido entre las personas que veía por el camino. Temerosos, los vecinos le gritaban que se fuera de allí. Cuando logró llegar a su vivienda, comprobó que esta había envejecido y que no había señales de estar habitada. Todo el pago de La Galga había cambiado, siendo ahora mayor y más populoso. Exhausto y confundido, decidió descansar al lado de una fuente. Cuando se asomó ella, la realidad le golpeó con dureza: no reconocía su rostro en el anciano que lo observaba desde el agua.

Quiso el destino o la suerte que se encontrara con otro hombre de edad similar a la suya. Éste, interesado por saber quién era aquel aparente forastero, le preguntó por su nombre. Al escucharlo, una mueca de horror desfiguró su rostro. No puede ser —le dijo—, creí que era solo una leyenda… Hoy es la víspera de San Bartolomé y se cumplen cincuenta años de tu desaparición; tu familia murió hace tiempo, esperando tu regreso.

Escritora, historiadora del arte y musicóloga, ejerce profesionalmente como archivera. Mantiene los blogs literarios: “Todas las palabras cuentan” y “Relatos para leer de pie”

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