Los días raros

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LOS DÍAS RAROS

Oswaldo Paz Pedrianes

Hay días extraños, como vueltos del revés, con los pies en el techo. Días con el cielo empedrado, con el suelo nuboso. Una sucesión de horas entre la primera luz y la incipiente sombra, cargadas de temblor, de incertidumbres, de miedo al miedo.

Hay jornadas de búsquedas, de cansancio, de escalar montañas con las manos, a pulso, sangrando por los cortes que causa la soledad, supurando el veneno que una vez nos inocularon por las heridas del abandono.
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Hay mañanas que los sorprenden con los ojos clavados en el techo, rebuscando en la memoria desde su retiro horizontal sonrisas del pasado, abrazos de niños, besos de quienes quisieron y fueron queridos. Millones de días después siguen a la espera: de las mismas sonrisas, de los mismos abrazos, de los mismos besos. A ratos cierran los ojos y forman con sus labios el gesto de dar ese beso que no recibieron, con la esperanza de notar el contacto de una piel que les devuelva el afecto. No les avergüenza que los vean así, con lágrimas rodando hasta suelo, formando charcos donde anclar su pena. Siempre han sabido nadar aunque no hayan visto el mar. Expertos en la contracorriente. Salmones ante la adversidad.

Ahora hay manos extrañas que los recogen, que los encojen, que los doblan entre crujidos y los sientan en sillas con ruedas llenas del aire que ya les falta, silenciosas, trasladándolos unos metros más allá, hasta aparcarlos frente a una ventana durante horas, castigados a ver el mismo paisaje mientras el reloj avanza hacia el fin del mundo, sin esperar a nadie. No recuerdan haberse portado tan mal, haber causado tanto daño como para sufrir una venganza tan cruel. Algunos, simplemente no recuerdan. Otros sólo ven la ventana, incapaces de descifrar qué hay más allá, bien por desconocimiento, bien por hastío.

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Y no reclaman. No pasan facturas impagadas a aquellos a quienes dieron todo. Y podrían hacerlo, sería una interminable lista de deudas: darnos la vida, limpiarnos, subirnos los vueltos de los pantalones, curarnos la sangre de las rodillas, ser nuestro paño de lágrimas, acariciarnos el pelo mientras susurraban: “no importa”, no conciliar el sueño hasta oír nuestra llave en la cerradura en el silencio de la madrugada, montar guardia al lado del teléfono cuando ya volaste del nido, plancharnos el alma, darnos un beso y tres más para el camino, abrazarnos como si temieran que fuésemos a evaporarnos. Amarnos. Dibujantes de sonrisas. Aludes de ternura. Y no les dejamos ni propina.

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Ancianos. Llegó el otoño y cayeron las hojas. Las ramas ya están secas, quebradizas. Quedan pocos días para aquellos que nos quisieron, los que barrieron las piedras frente a nosotros para que pudiésemos correr sin tropezar, aquellos que taparon los agujeros en el suelo bajo nuestro pies para que no nos dañásemos los tobillos, los que extendían sus chaquetas en los charcos para que pisáramos sin mojarnos. Ahora están allí, en edificios sin alma, abandonados a su suerte… a su mala suerte, esperando a que llegue la señora de negro con su guadaña en la mano y les toque suavemente en el hombro, cerrando con fuerza los ojos, cruzando los dedos, esperando que sea un error y busque a otro, ofreciéndole tirar una moneda al aire y jugárselo a cara o cruz.

Ahí siguen, descontando los días raros.

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Oswaldo Paz Pedrianes (Garafía, La Palma, 1971) es Psicólogo y Terapeuta Familiar. Su carrera profesional ha estado dirigida a la ayuda especializada a menores en desamparo y sus familias en el ámbito social, trabajando en diferentes entidades a lo largo de su trayectoria. Actualmente desempeña su rol profesional centrado en la problemática del Acoso Escolar.

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