LIMPIEZA

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LIMPIEZA

Oswaldo Paz Pedrianes

Con las primeras luces del día decidió bajarse de la cama. Tras una larga noche más en vela, cansado de esperar la llegada de un sueño que se mostraba esquivo desde hacía semanas, se le ocurrió una idea absurda. Ya no le quedaba ninguna coherente que sacar de su desgastada chistera de mago trasnochado. Lentamente, deshizo la cama y llevó las sábanas hasta la lavadora, mientras arrastraba cansinamente sus pies en el trayecto. Las introdujo en su interior, poniendo en los compartimentos dispuestos para ellos el detergente y el suavizante, el doble de la cantidad habitual. Eligió un programa de lavado largo, y colocando una silla frente a aquel aparato, esperó pacientemente a que realizara su trabajo y finalizara el lavado. Mientras, dejó vagar su mente fijando la vista en ese ojo de buey situado en la barriga de la máquina, en una especia de trance hipnótico generado por el movimiento rutinario y circular de la ropa en el tambor. Cuando el pitido que alertaba de la fiscalización de la tarea logró traer su mente de nuevo a la realidad, se levantó notando el habitual crujido en la zona lumbar que le acompañaba desde que pasó de los cincuenta. Cada vez que obligaba a sus piernas a sustentar su cuerpo tras haber permanecido largo rato lejos de la verticalidad, el chasquido en las vértebras rompía el silencio.

Con cierta pereza al ejecutar sus movimientos, retiró las sábanas limpias y subió con ellas a la azotea de la casa, mientras hundía su nariz en la ropa de cama impregnada de ese fuerte olor a lavanda que tanto le gustaba.

Al abrir la puerta el calor del sol acarició su cara, y su intensa luz le hizo entrecerrar sus ojos. Distribuyó la colada en unas cuerdas que cruzaban de lado a lado la explanada que hacía de cumbre en aquel edificio. Para que el viento no se llevase las prendas, en caso de que se le ocurriese mostrar su fuerza soplando de manera inesperada, las aseguró con unas pinzas de plástico de diversos colores que recordó haber comprado en la tienda del barrio que regentaban unos chinos. Una vez colocado todo en su sitio, y asegurada la mercancía, se sorprendió pensando en la extraña belleza que encerraba una imagen de ropa tendida en una cuerda.

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Algo tan simple. Como las diferentes pieles que cubren tu cuerpo colocadas en fila, suspendidas en el aire, inertes. Sólo reviven cuando vuelven a posarse en las personas que le transmiten movilidad.

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Y de pronto, recordó la idea que le había llevado hasta aquel sitio. Un planteamiento irracional, infantil, más propio de un curandero embaucador que de una persona en su sano juicio. Consideró que su insomnio podría estar atrapado en las sábanas en las que se envolvía cada noche, y que una vez bien lavadas y secadas por el sol y el aire, se marcharía lejos, y a consecuencia de ello, el sueño regresaría. Puestos a hacer limpieza, habría más posibilidades de recuperarlo si lo que lavase a fondo fuera su mala conciencia. Sería la envidia de los lirones. Pero cuesta más que poner una lavadora. Es más cómodo que otros limpien tu mierda.

(Contenido en el libro “El otoño cabe en una maleta”)

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Oswaldo Paz Pedrianes (Garafía, La Palma, 1971) es Psicólogo y Terapeuta Familiar. Su carrera profesional ha estado dirigida a la ayuda especializada a menores en desamparo y sus familias en el ámbito social, trabajando en diferentes entidades a lo largo de su trayectoria. Actualmente desempeña su rol profesional centrado en la problemática del Acoso Escolar.

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