Hay una calle

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Hay una calle

Oswaldo Paz Pedrianes

En el norte, en un lugar próximo y lejano, hay una calle. Próximo en lo físico, lejano en los recuerdos de un niño. Fue una calle, y hoy es una calle, pero no la misma. El tiempo ha pasado su rodillo inclemente por ella, por todos sus rincones, por el suelo empedrado, por las aceras que la limitan, por las fachadas de las viviendas que un día refulgían vestidas con brillantes colores y que hoy son víctimas de alguna rara enfermedad, con alarmantes síntomas -desconchones, humedades y grietas- que las abocan a una muerte segura, implacable. Algunas se mantienen con respiración asistida, mínimamente habitadas, con el costoso aliento del que se esfuerza. Pero son las menos, y también para ellas las agujas del reloj avanzan inmisericordes.


Había una calle donde creció un niño. Un sitio indefinible, en el que ayer se escuchaban voces, gritos y risas, murmullos y llantos, incluso silencios, y donde hoy manda el sonido del viento, cuyo ulular ha ganado la partida derrotando a las gargantas que una vez fueron multitud,
en una cruel batalla de desgaste en la que siempre estuvimos en inferioridad, hacia un final ya escrito pero que nadie quiso aceptar. Esa máxima del “si no lo veo, no lo creo”.

Había una calle, vertical, en cuesta, como un río que comenzaba donde moría una verada, y que se vaciaba al final en un templo, donde los fieles vertían sus oraciones ante el altar de una virgen.
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Allí estaba la tienda de toda la vida, donde los habitantes se proveían de los alimentos básicos, regentada por un matrimonio, en la que las cuentas se hacían a lápiz en un papel grueso, gris, con el que luego se envolvían las viandas, ejerciendo de inconscientes precursores del reciclaje. También un pequeño negocio regentado por un hombre, al que todos los niños recurrían para comprar parches con los que curar los pinchazos en los neumáticos de sus bicicletas, y una pequeña sucursal de un banco, y una tasca donde los hombres se sentaban al lado de la ventana, oteando la misma calle mientras sus caras iban adquiriendo poco a poco el tono rojizo consecuente a la ingesta de los manjares que les proporcionaba el dios Baco. También una señora declamaba sus sermones asomada a la ventana de su casa, realizando un recorrido por el árbol genealógico del incauto que pasara en ese momento, incorporando a su discurso una retahíla de improperios e insultos, bajo la atenta mirada de decenas de perros y gatos que moraban junto a ella.

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Los transeúntes, ante tanta oratoria, actuaban como las mascotas de la conferenciante: algunos ladraban como los perros, respondiendo a los ataques. Otros, como los gatos, le devolvían una mirada indiferente, desinteresada, de aburrimiento.

Había una calle donde los habitantes deseaban los buenos días, las buenas tardes, las buenas noches, mientras las palabras se derramaban de bocas sonrientes, mientras el cariño se reflejaba en ojos sinceros, mientras los abrazos se imponían a la distancia.

Los habitantes de aquella pendiente creían tener un poder mágico: la capacidad de detener el tiempo, de flotar sostenidos por las palabras, por las conversaciones. Ingenuamente, habían asumido que vivían en una burbuja impenetrable, protegidos del paso de los días.
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Habían desterrado los relojes de arena, fingían no ver las arrugas en los rostros de los otros. Una ilusión de la que fueron despertando poco a poco, a golpes de realidad, cuando comenzaron a faltar los rostros tras las ventanas. Cada vez más.

Esas ausencias contagiaron a las casas, que se tornaron grises, huérfanas de cariño, amputadas de dueños que les hiciesen cosquillas en sus suelos, que maquillasen sus paredes, que encendieran un fuego en sus cocinas para darles calor en los fríos inviernos. Las cerraduras se llenaron de herrumbre, como las almas de los que no se fueron. Y regresaron los relojes que marcaban el fin.

Hay una calle. Hoy, la melancolía y el olvido han crecido más que las malas yerbas, con unas raíces tan fuertes, tan gruesas, que casi han borrado los recuerdos del niño que la transitó cuando fue feliz. Ya nadie pisa las piedras que sostuvieron mi memoria.

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Oswaldo Paz Pedrianes (Garafía, La Palma, 1971) es Psicólogo y Terapeuta Familiar. Su carrera profesional ha estado dirigida a la ayuda especializada a menores en desamparo y sus familias en el ámbito social, trabajando en diferentes entidades a lo largo de su trayectoria. Actualmente desempeña su rol profesional centrado en la problemática del Acoso Escolar.